Maestros del collage-no
No puedo evitar una voz en primera persona. Esa voz no habla de forma académica. Tampoco lo puede hacer de acuerdo a una pauta formalista. Una visita guiada por mi mente mal estructurada, engarzando recuerdos mal cocinados, asumiendo como propias opiniones de otros, da como resultado... ¿qué?
El cuento del arte nos trae aquí, nos junta, nos hace reír y discutir, nos hace llorar, nos hace atarnos a la tierra, al planeta y a una vida que consideramos preciosa, imprescindible, milagrosa, única... especial en este universo regido por no se sabe qué leyes ni de qué grado.
El cuento del arte incluye las mayúsculas. Incluye el sistema del Arte, que es decir lo mismo que el párrafo anterior pero en su versión televisiva retransmitida en diferido (versión antaño radiofónica y más antaño aún voceada o cuchicheada por entre los pasillos de un palacio neoclásico).
Y en medio de estas dos versiones del cuento se encuentra la experiencia directa en un museo o galería.
Quiero decir: no puedo salir de mi condición de participante del juego. No soy un espectador común. Cuando veo, comparo..., relaciono. Es como el punctum barthesiano. Yo le llamo "nariz".
Y la nariz (como aquel personaje de Dostoievski, que padecía de nariz) no es un apéndice más, sino, en todo caso, el apéndice del que surge el rostro, que colisiona con el rostro, como les ocurre a los continentes que sobresalen del miasma y se desplazan, que una era están juntos y a la siguiente un océano media entre ellos. Bien podría la nariz y el rostro estar unidos en virtud de un collage biológico.
Pero lo que quiero añadir con nariz es que a veces pica. Y cuando me pica, intuyo (sé que esto es superstición): algo falla.
Entrar en un museo hoy día significa someterme al picor incesante de mi personal y charlatana nariz.
Luego intento estructurar mis pensamientos y darle a mi nariz una oportunidad racional. Sé bien que no puedo argumentar un discurso hablando de mi nariz, por más que la verdad sea, justamente, que solo ella tiene la culpa/gracia/virtud del mismo.
Maestros del collage, la gran exposición que por vez primera reúne más de bla, bla, bla... (todas las expos se presentan igual) luego en la experiencia directa no resulta ser tan grande.
No puede ser confusa una expo. Hoy día hasta la más premeditada confusión en una expo es evidentemente clara y diáfana. La claridad y lo diáfano son elementos que siempre se les escapa a los comisarios, a los curadores y a las instituciones. Siempre hablan, aún cuando quieren callar. Una expo siempre habla, siempre dice, siempre muestra, es exhibición-ista. Es obscena. Off-scena.. No hay silencio. No hay alea. Todos sus relatos comienzan chillando, vitoreando, anunciando a bombo y platillo "su gran oportunidad".
Yo hago collages. ¿Qué tiene un collage de extraordinario?. Esa tendría que haber sido la primera pregunta. A veces la nariz es tan grande que te impide ver y sólo goza ella de la mirada. A las narices hay que tratarlas con cuidado, ni con un amor excesivo ni con excesivo desdén.
Yo hago collages. Para mí el collage es una forma que incluye dos aspectos: por primera vez la destrucción, el desmembramiento, la disección, conlleva una posterior creación. Si quieren, el mito de Frankenstein. Mary Shelley concibió un collage humano cuyo hilo conduce hasta Hannah Hoch y, prosiguiendo, hasta Orlan. El carácter extraordinario del collage reside, para mí, en esta capacidad de reciclaje, ahora que vivimos el mundo de las 3R (reutilizar, reducir, reciclar), pero, más allá aún, vislumbra (ahora es fácil verlo) que todo relato es una construcción, todo sentido se edifica, toda pieza es moldeable y descontextualizable, toda creación es libre, la autoría no implica autoridad sobre lo creado. Y Frankenstein se escapa, huye de su creador para vivir por su cuenta y determinar él sólo su verdadero carácter. Si Frankenstein es terror es precisamente porque apunta a una vida total que se independiza de las partes que lo crearon, anulándolas. Solo un panfletario fascistoide como Mel Brooks puede hacer depender a su monstruo del original, por un gag donde Aigor confunde el cerebro de un deficiente con el de un tal sr. A Normal. En la creación de Mary Shelley, el monstruo no cuaja la suma de elementos que lo configuran y el cerebro de la eminencia intelectual luego no repercute como estaba previsto: el monstruo no destacará precisamente por su inteligencia, sino, en todo caso, por su incipiente vida emocional.
Partes de distintos todos se agolpan en un todo nuevo. Aquí reside la fascinación que produjo el collage, el fotomontaje, el assamblaje, etc.
Maestros del collageno, esto es, aterciopelados, dulcificados por la vitrina que los presenta como si fueran Viejos Frankensteins encontrados en el Polo Norte, congelados, sin vida activa, meros muñecos de un pasado fulgoroso.
Con Maestros del collageno mi nariz viene a decir que la expo no tenía vida. No le insuflaron a la creación suficiente descarga eléctrica.
Hoy día todas las exposiciones son enormes collages donde los objetos-parte son descontextualizados, vaciados y vueltos a rellenar... sea de ruido, crema pastelera (objeto-croasán) o palabras (objeto-sopa de letras). A veces se olvida uno del gran collage que supone, per se, una expo relacional como ésta. Pero mi nariz, que debo decir, además, es una nariz audiovidual (esto es: que entiende el mundo como una composición de fotogramas-frames) no olvida este detalle. Y se pregunta entonces cómo una expo que se pretende revisión del collage deja a un lado intenciones-collage tan interesantes como podrían ser, por ejemplo, la obra fílmica de Vertov, donde el montaje hace colisionar planos de muy diversa procedencia en una unidad nueva, o la famosa "La Jetee" de Chris Marker, un film donde el ritmo (y el tiempo) se construye como una tela de araña a partir de imágenes fijas.
En cambio, se nos presenta una expo formalista que cumple con un celo excesivo la definición clásica del collage, sin desviarse, sin proponer nada nuevo, bastándole con vitrinar en un sentido cronológico los estándares del formato.
Por eso mi nariz la ha denominado Maestros del Collageno, porque se han contentado con ese procedimiento en vez de agarrar el bisturí y diseccionar bien profundo cuerpos y partes a la espera de obtener, como el dr. Frankenstein, el milagro de una creación nueva.
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