Fragmento de “El puente de Alcántara”, de Frank Baer
La música sonaba más fuerte; Ibn Ammar imploró que siguiera a ese volumen.
-Señor-dijo-, permitidme mostraros mi agradecimiento y expresaros mi alegría con un pequeño libro, que me atrevo a esperar que os guste.
Sacó el libro de la manga.
-¿Qué libro?-pregunto el príncipe.
Ibn Ammar lo oyó murmurar y vio que la mano de mujer volvía a salir por entre las cortinas; le entregó el libro. Quería responder, pero de pronto tenía miedo, la voz podía delatarlo. Se arrodilló junto al poste de la tienda.
-Es una pequeña antología de poemas de Abú Nuwas-dijo finalmente. No perdía de vista a la criada, que seguía aovillada a su lado en la misma postura. Y de pronto algo se movió en el borde inferior de la entrada de la tienda e Ibn Ammar vio salir por debajo dos pies blancos con las plantas pintadas de rojo alheña. Se acercó a la tienda arrastrándose de rodillas y recogió las mangas de su hulla, metiendo los brazos por el interior del traje. Las piernas de la mujer ya estaban fuera hasta la rodilla. Ibn Ammar estaba exactamente detrás de ella. Vio que la pared de la tienda se curvaba y que la mano de la mujer se esforzaba por levantar sobre sus muslos la pesada seda. lbn Ammar intentó ayudada, pero se enredó con los pliegues de su hulla, cuyo borde se le había atascado debajo de las rodillas, y, cuando por fin tuvo las manos libres ya la mujer había conseguido levantar la seda de la tienda y colocada sobre la redondez de su trasero. Ibn Ammar vio frente a él aquel culo, blanco como la leche, enmarcado por seda azafrán; era como un extraño animal que lo contemplaba desde la entrada de su cueva. Por un momento fue incapaz de tocarlo. Todo aquello le parecía tan irreal, tan ridículo, como si se encontrara en medio de una divertida bufonada, de una estúpida farsa. Hasta que, a pesar de todo, consiguió por fin echar el borde de su hulla sobre ese culo erguido y cubrirlo. No había ninguna diferencia entre el amarillo de la tienda y el amarillo de su hulla.
Se cogió el miembro y, de repente, se apoderó de él un miedo cerval a fracasar, a que pudieran faltarle las fuerzas para terminar lo que había preparado con tanto cuidado. Cerró los ojos, intentando evocar imágenes capaces de excitarlo. El encanto de la mujer del comerciante. Zohra en su ghilala rojo fuego, que apenas la cubría. Zohra desnuda adornada con sus collares de perlas y sus tintineantes brazaletes. Imaginó que lo tenía frente a él, imaginó que escuchaba su voz. Escuchó la voz del príncipe.
-Que Dios te bendiga, Abú Bakr -le oyó decir-. ¡Este libro es una joya! ¿Dónde lo conseguiste?
Tenía la respuesta preparada. Se había representado mentalmente esa conversación tantas veces, que tenía preparada una respuesta para cada pregunta.
-Señor, vuestro elogio es como aceite sobre el fuego de mi alegría, dijo, y, en ese mismo instante, sintió que el trasero de la mujer se apretaba contra él y que, para su asombro,su miembro se levantaba y endurecía. Y mientras empujaba con un suave movimiento, añadió-L Lo descubrí en casa de un médico de Murcia.[…]
Ibn Ammar empujó con mayor dureza, aumentó el ritmo de sus movimientos, sintió que la mujer se apretaba contra él, respondía a sus acometidas. Miró a la criada. No había cambiado de posición, parecía no darse cuenta de nada.[…] Clavó los dedos en las caderas de la mujer, tiró de ella con fuerza, empujó a un ritmo cada vez más acelerado. Y finalmente consiguió su objetivo, se mantuvo firme, oyó un suave gemido, algo apagado, oyó la voz del príncipe llegado como desde muy lejos, tan lejos que apenas podía entender lo que decía.
-Pero dime, Abú Bakú, ¿crees que el libro es un trabajo andaluz? Viendo las ilustraciones, yo más bien diría que procede de Bagdad, ¿no te parece?
Ibn Ammar respiraba con la boca muy abierta, intentando dominar los temblores de la excitación que aún lo embargaba, intentando liberarse de la convulsión que lo dejaba aterido e incapaz de pronunciar una sola palabra. Apartó el culo de la mujer. Se pasó la lengua por los labios secos […]
Desde fuera llegaban voces y órdenes. Ibn Ammar se acomodó la ropa interior, volvió a meter los brazos por la apertura de las mangas, se levantó, miró a la criada. Y su cuerpo se paralizó a mitad del movimiento, quedándose agachado, como a la mitad de una reverencia. La criada había dejado caer el velo. Lo estaba mirando fijamente con la boca y los ojos muy abiertos, con una expresión de perplejidad que no dejaba ninguna duda, ni la más mínima duda, de que había visto lo que había ocurrido.
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