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Amo el arte de los pintores jóvenes, porque amo ante todo la luz.
Y como todos los hombres aman ante todo la luz, por eso inventaron el fuego.
Guillaume Apollinaire
Como siempre: oigo voces.
Detrás de mí, delante, a un lado. Ahora parece que salen. Ahora entran.
La guitarra, la botella, le journal, un violín (¿el de Ingres?)
Paisajes, retratos, bodegones. Cezanne dijo: naturaleza muerta. Y todas murieron.
Ni Picasso ni Braque. Juan Gris.
Cuando habla Juan Gris, su voz tiene la pertinencia de haberse propuesto un grado cero, allá por 1911, cuando ya la escala se situaba, según entendidos, en una segunda fase. Él se inventó la nada, o sea, Cezanne y, seguramente, en menor medida, Seurat y, ¿por qué no?, hasta Puvis de Chavannes (¡qué locura reflexiva!). Lo que se inventó fue una gran excusa, una forma de incluirse. Esa es su pertinencia, la pertinencia de su voz, un discurrir paralelo que le situó entonces en un lugar propio, lejos de la epigonía.
Por otro lado, Marcoussis, Gleizes, Metzinger, aeropuertos de segundo orden, instructores que desarrollaron su labor en la ingrata epigonía. Y tan impropios fueron ellos como lo sería Picasso, cuando a partir de 1915 anunció sin quererlo (o queriendo, da igual) que el cubismo no era la totalidad, sino la interpretabilidad.
Por otro lado, el cubismo abrió la puerta de la invención de un nuevo arte con pretensiones de serlo en exclusividad. Desde el cubismo, todos quisieron inventar un nuevo arte. El futurismo, de hecho, fue un cubismo elevado a filosofía de la destrucción (necesidad de arrasar con todo para comenzar de nuevo). El dadá, un cubismo del absurdo que pretendía el imposible de la negación total.
La cuestión es: pretensiones imposibles, esta es la veda que abre el cubismo.
El cubismo empieza con un rigor antiguo: formalmente no se presenta como capricho del artista, sino como una prolongación del análisis estructural de la naturaleza propugnado por Cezanne. Es decir, en el cubismo existe aún respeto y consideración por la vaca sagrada del arte.
La exposición, a mi parecer, trata justamente de una delicuescencia (que no es negativa, sino histórica), a saber, la conversión del análisis formal (en su relación, además, con algo tan moderno como era el estudio del tiempo: de la época son Bergson y su pariente Proust) en pura estética, en estilo. Esto es, una evanescencia.
Hay un algo hermoso en el fenómeno de la desaparición. Cuando el hielo se deshace y se transforma en líquido. Cuando el fuego cede a la brasa y apenas queda un fulgor intermitente. Cuando el agua hierve y el vapor empaña los cristales de unas gafas. Son conversiones cotidianas, pero hermosas.
En la exposición asistimos a la evanescencia del cubismo. Prescindimos de los miembros fundadores. Observamos entonces con mayor precisión otros grandes nombres del movimiento. Alejándose del tiempo que lo vio nacer, perdiéndose el sentido que lo inspiró, el cubismo alcanzaba su absoluto, su "ser-en-el-puro-capricho".
Y comenzaba entonces el juego verdadero. Un "existo porque me pintan".
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