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Sobre la expo de George Brecht en el MACBA



Entre las provincias de difusas fronteras en que hoy se divide el reino fantasmagórico del arte existe, cada vez más amplia y evidente, una franja de tierra blanca e innombrable, a la que por llamar algo, aunque sea de forma esquiva, algunos denominan Zona Paradójica.
Los hay ásperos a estas zonas y prefieren tildarla de no-lugares, tal y como Paul Virilio (y Marc Augè y Jean Baudrillard...) entienden el mundo posmoderno en deriva: una deriva por el no lugar de las autopistas de peaje y sus estaciones de servicio, por los aeropuertos, y por las grandes áreas de descanso estival en el mediterráneo.
Una deriva en la que, de nuevo con Marc Augè, no faltarían los grandes museos contemporáneos como specifics non-sites del non-traveller but tourist en que Augé sitúa irremediablemente al sujeto de ahora.
Todos somos turistas. Todos pasamos de largo. Todos hemos abandonado el recorrido para hacerlo de corrido. Es como una definición de la vida, de una vida que ha tomado conciencia de su forma en el devenir y es ahora un devenir que deviene devenir.
En América, Baudrillard escribe:

Jamás pensé que la maratón de Nueva York pudiera arrancar lágrimas. (...) Todos buscan la muerte, la muerte por agotamiento que sufrió el maratoniano de hace dos mil años, que, no lo olvidemos, llevaba a Atenas el mensaje de una victoria. Sin duda ellos también sueñan con transmitir un mensaje victorioso, pero son demasiado numerosos, y su mensaje ya no tiene otro sentido que el de su llegada misma, al término de un esfuerzo sobrehumano e inútil. Colectivamente aportarían más bien el mensaje de un desastre de la especie humana, pues la vemos deteriorarse a medida que van llegando a la meta, desde los primeros todavía airosos y competitivos hasta los desechos a los que sus amigos arrastran literalmente hasta la línea de llegada, o los minusválidos que hacen el recorrido en silla de ruedas. (...) "¡Hemos ganado!" resopla el griego de Maratón al expirar. "I did it!" suspira el maratoniano, desplomándose exhausto sobre la hierba del Central Park

Everybody does it. La relación de un gran arquitecto con el gran museo contemporáneo es el producto de una gran mascarada. Y existe con el fin de eternizarla. Cómo hacer que parezca distinto lo que es estructuralmente igual. Un juego de apariencias que usa la personalidad y el estilo para esconder que en el fondo todos los museos son grandes pasillos con una entrada y una salida, por los cuales el non traveller but tourist en que situamos al sujeto contemporaneo pasa a través de la misma con la fría regularidad de una cinta transportadora.
Así funciona el museo, así una expo cualquiera, todas. Como un supermercado, pero a la inversa. Colocado en una cinta transportadora, el sujeto es deslizado por los pasillos del museo, donde se le muestran non-specifics objects en un formato conscientemente arelacional. No puede detenerse, los museos son non sites específicamente creados para ser atravesados, para pasarlos de largo, para verlos por fuera, para jugar a su alrededor, para presumir de plaza, pero en ningún caso para detenerse en su interior (por otro lado, ¿quién lo quiere?, el museo ideal es tan inútil o más que el real).
El museo es el i did it! del arte, donde se unen todas las paradojas. Se encuentra a medio camino del cementerio y del supermercado. Allí el arte se muestra muerto y embadurnado del seco hedor de la distancia. Uno en su viaje de corrido contempla cosas, solo cosas, todo tipo de cosas y no puede comprarlas. Solo ha pagado por verlas (en ese sentido es aún más perverso que el supermercado). Allí esas cosas son necesarias y poseen historia y uno debe saber esa historia y debe apreciar esas cosas. Allí todo está escrito, todo tiene un guión, todo aparenta haber vivido, todo publicita su necesidad, su oportunidad, su pequeña gloria. Es el I did it! del arte, donde la vida es tras el instante de su muerte, como un hecho solo posible visto a través de un prisma retroactivo, como un ha sido, el flash back de un film que es solo flash back. I did it!. Viví!
¿Y nosotros? Nosotros somos el jogger que corre incesante hasta la extenuación, que hace de la marcha constante su pequeña gloria y que dice, momentos antes de caer fulminado a tierra I did it!. ¡Viví!.


George Brecht did it!


La apatía es la esencia de esta gran mancha blanca de las zonas intersticiales que hace del mundo un mundo de arte. Una apatía singular: no existe: todos vuelven la cara y hacen como que han sentido algo que no ha ocurrido.
Esta gran mancha blanca es Moby Dick en busca obstinada del capitán Ajab, para el cual, en cambio, la ballena le trae sin cuidado.
Pero esto es solo una sinópsis. Un pintor del diecisiete hubiera pintado el momento en el que el capitán Ajab está a punto de lanzar el arpón a la ballena y se detiene al descubrir un desinterés inesperado, una suerte de desapasionamiento brusco, la obsesión se desinfla velozmente y la ballena, expuesta ahí a su captura (y que en el ciclo habitual de la historia le conducirá a la muerte), espera en balde que el obsesivo capitán se decida mientras éste, en el nuevo ciclo histórico, conviene que lo que le obsesiona realmente es la vuelta y la estancia hasta el fin de sus días en un sillón, frente a un televisor, viendo programas de cocina donde podría aprender a hacer sushi con carne de ballena.
Lo que la gran mancha vomita del arte es esta defección del mito de Moby Dick (porque es un mito) en el sugerente derivado: Ballena Blanca en busca de arponero. Ya no se trata de un personaje en busca de un autor (el autor ya no importa) sino del personaje en busca de otro personaje, el amado en pos del amante y la víctima al acecho del asesino.
George Brecht es un artista intersticial. Lo más interesante de lo visto en el Macba es imaginar que su obra cobra sentido más allá del museo, justo en la salida. Imaginar un cartel donde indique que las obras expuestas en su interior son imitaciones y no cosas auténticas. Que son no-obras, para terminar admitiendo que, de todas formas, un museo sólo está capacitado para exponer cosas en negativo.
Solo imaginando este supuesto creo ver sentido en la expo de George Brecht, porque lo que ocurre con estos artistas intersticiales es que el resultado de su museificación nos llena de apatía. Ver objetos del sesenta y pico prometiendo una interacción violadamente transpuesta en vouyerismo debería provocar indignación o, en su defecto, apatía y desinterés. Como la indignación es harto cansina si está uno obligado a llevarla a cabo continuamente, la opción habitual termina siendo la de no sentir nada y pasar de largo como tantas otras veces ha hecho y hará uno en la vida, pasar de largo y a la salida pensar: ya está, I did it.
La gran mancha blanca parte de las zonas intersticiales, parte de aquellos que cuestionan la institución del museo y los pilares del arte moderno, aquellos que borran fronteras, las cruzan ilegalmente, creando puentes entre zonas cerradas y bien definidas. Aquella esperanza blanca se vuelve de pura repetición una mancha anodina que idiotiza y obnubila. Entramos en el museo y vemos una silla y todos nos ponemos de acuerdo en este acto de fe: la silla tiene un valor añadido.
Se me ocurren varias preguntas:
1. ¿Por qué el museo sigue insistiendo en necesitar un nombre para poner una silla?. ¿Realmente es necesaria la figura del artista en esta operación mercantil?
2. ¿Por qué el artista no remata la faena?. ¿Por qué no sigue cuestionando?
3. ¿Por qué la crítica no narra estas situaciones? ¿Por qué la crítica no se rebela contra la pobreza conceptual que implica poner una silla o cualquier otro objeto? ¿Por qué la crítica no se indigna cuando en una obra con objetos que uno debe procurar contextualizar en un determinado tiempo y espacio uno de sus elementos es un ejemplar actual de El Periódico de Catalunya?

Porque las capas de teatro en las que nos vemos inmersos en este Art's wonderful world son tan gruesas que funcionan finalmente como una saturación de liftings, congelando la expresión (la expresividad, la comunicación, la posibilidad de relato y sentido) en una burda única imagen de patética sonrisa pasajera y minimalista dicción: I did it es lo único que alcanza a pronunciar el histriónico maniquí en el que nos hemos convertido.