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Tarde-noche porno en el MACBA
Seminario “Nouvelle Vague Porno”
Dirigido por Beatriz Preciado y Manuel Asensi, como parte especial del seminario “Porn Studies” asistido por Linda Williams.

Pablo Marte



Con Nouvelle Vague Porno, Beatriz Preciado quiere referir nuevas prácticas dentro del cine pornográfico en el contexto francés que, al igual que el grupo de los Godard, Truffaut, Chabrol y compañía hicieran en los cincuenta con el cine de género y la literatura popular, formulan discursos de hibridación con referentes de distintos ámbitos creando una zona intermedia entre el porno y el cine comercial.
El seminario comenzó con una mesa redonda donde Beatriz Preciado y Manuel Asensi presentaron a Linda Williams, la autora de Hard Core (1989), libro fundacional en el cual se hacía por primera vez un análisis de las imágenes pornográficas. Para Linda Williams, en palabras de Beatriz Preciado, la imagen porno siempre ha estado excluida de la esfera pública. La crítica audiovisual tiende a diferenciar las imágenes según la simulación o no del sexo y las relaciones sexuales que se ofrecen en pantalla. El cine americano vive en una larga adolescencia, remarcable por sus interludios musicales para alumbrar los momentos de amor, dejando en elipsis el coito y creando un visión de las conexiones entre los cuerpos tan ñoña como lo pueda ser el primer besito a los 15.  De hecho, el desfase en el cine de Hollywood respecto a la representación de las relaciones sexuales viene justamente por referir una relación sexual con imágenes propias del mundo Disney.
Linda Williams efectuó un análisis fílmico de cierto cine de autor contemporáneo que ha incluido en su contenido visual imágenes de sexo explícito (Intimidad, de Patrick Chereau o 9 songs de Michael Winterbottom, por poner dos ejemplos).  He aquí donde a mi parecer se produjo el primer desvío engorroso del tema tratado. Estos films no son pornográficos, al igual que no lo es un pene en erección. Admitir que una polla erecta es pornográfica supone dar como cierta la idea de que toda visibilidad de lo sexual se produce en el ámbito no sólo del deseo, sino de la intención masturbatoria. Ninguno de los films citados por la autora poseen la clara intención de “ponerte cachondo” (que luego a uno le pongan es otra historia: mucho habría qué decir sobre el uso de la descontextualización de la imagen –reencuadres, capturas de frames, etc.- como forma de conversión de la misma en imagen masturbatoria, procedimiento harto visible en los cientos de foros eróticos existentes en Internet). Estos films hablan de relaciones (así lo indicó también la propia Linda Williams) y, además, lo hacen con cierta amargura. Nada hay de amargo en el porno, porque nada hay de profundo en el porno, si exceptuamos nuestras cavidades corporales, aunque justamente el porno lleva su profundidad a la superficie: las cavidades son penetradas y perforadas una, dos, tres y las veces que hagan falta…
Estamos entonces en el primer round de un seminario sobre porno y se nos ofrece una tangente un tanto dudosa: el cine de autor. Aunque muy interesante, en la conferencia de Linda Williams no se dijo nada que no supiéramos ya. Habló del cuerpo en relación, aludiendo específicamente al mundo emocional. El porno no habla de relaciones emocionales, tan solo físicas (generalmente tampoco habla de relaciones sino más bien de encuentros puntuales) Mantuvo además que lo que diferencia el mainstream cinematográfico del porno es el carácter simulado del sexo en el primero frente al carácter documental del sexo en el segundo, cosa que, me parece a mí, está ya realmente masticada. Habría que haber señalado algo más: que dentro de su documentalismo el porno no es menos construcción que la imagen del sexo simulado en el cine comercial. Justamente lo que hace al porno fuente de deseo y  establece el éxito de su “vocación masturbatoria” (en palabras de Coralie Trihn Tih) es un código y una técnica determinada de construcción visual, una forma concreta que lo hace reconocible para cualquier persona independientemente de su formación cultural. Lo interesante de la imagen pornográfica es su capacidad para motivar una actitud performativa en el espectador que atañe, en primer lugar, a su cuerpo y en segundo lugar a su sexualidad (y, por lo tanto, que pone en juego una determinada asunción de identidad, si entendemos la sexualidad, según dijera Foucault, como una de las fuentes de subjetivación, citado por la propia Beatriz Preciado en el audio relacionado que se expone en la página del MACBA)
  Quiso alejar la común asimilación entre porno y violencia. “La industria del porno no quiere saber nada de violencia, porque es un prejuicio con el que normalmente se le une, ataca y critica”. Sin embargo, dentro de lo cierto de su afirmación, no se pueden obviar determinados subgéneros pornográficos que usan la violencia simulada como componente activador del deseo masturbatorio. El S-M o el gang bang son modalidades de uso de violencia sexual, no violencia impositiva, sino negociada o participativa. Esto conlleva no determinar tan prontamente un alejamiento entre una acción y otra. Teniendo en cuenta que Beatriz Preciado enmarcó el seminario en un contexto crítico de oposición al feminismo americano de los 80, cuya visión del mismo se focalizaba obsesivamente en la cuestión performativa de agresión al cuerpo femenino, esta radical separación entre sexo pornográfico y violencia parecía dar a entender una demarcación territorial para que ningún corpus teórico resultara incompatible con el otro.
  Antes del segundo round el programa del seminario señalaba la exposición de Beatriz Preciado de las bases teóricas que determinaban la nominación glamourosa de Nouvelle Vague Porno. Sorprendentemente, la autora no profundizó demasiado, salvando las cuatro o cinco frases mencionadas al principio de la tarde (rebelión contra el “porno de papá”, alusión a André Bazin, mención de Anne Sprinkle y su “manifiesto posporno”, comentario sobre una renovada “cultura pornográfica” en el ámbito literario francés (ej. Houellebecq, a mi parecer un escritor deprimente con nostalgia del “polla power” de los 70), y, quizás lo más interesante de su exposición, las transferencias de códigos entre el cine porno y el cine comercial, si bien sembrando ciertas dudas acerca de lo pertinente de hablar de porno en un contexto fílmico que no pretende excitación alguna en el espectador). Tal fue la poca solidez de su argumento que, más tarde, una chica del público le expuso abiertamente que lo de Nouvelle vague parecía agarrado un tanto por los pelos, a lo cual Beatriz Preciado respondió con las mismas cuatro o cinco referencias anteriormente mencionadas  
  El segundo round tuvo a la co-directora de Baise-moi, Coralie Trinh-Thi, como conferenciante modélica. Leyó durante largo rato un discurso ameno pero bastante materialista de lo que es y cómo se constituye el porno. Ilustró sus palabras con imágenes de su carrera fílmica como actriz porno y nos deleitó con un clip realmente gracioso de descartes de pelis pornográficas. Coralie aportó el único intento de definición de imagen pornográfica. Conocedora de los entresijos de la industria del porno, en la definición se encontró lo mejor de su exposición. Dejó claro que no todo sexo explícito es porno y lo ejemplificó con imágenes de films, como Solo contra todos, de Gaspar Noe, donde lo explícito de una violación no resulta ni por asomo erótico, sino que espeluzna. Se intuyó una idea interesante: lo que resulta tabú no es tanto el sexo explícito como aquel que se dirige a excitar nuestros deseos. Habló también de una técnica de representación específica, una temporalidad específica (cuya sistemática mecanicidad ayuda a la proyección del espectador) y reformuló una etimología del porno alejándola de la prostitución (porno-grafía significaría en principio representación de la prostitución) para, a partir de la Biblia (porné = impúdica) y de un texto del siglo XIII (“porneyá” = lujuria) rehacer una idea del porno como representación de la lujuria. Si lo que Linda Williams quiso alejar del porno, como queriendo no contaminarlo, fue la noción de violencia, en el caso de Coralie Trinh-Thi fue la de prostitución. De las pocas preguntas que le pudieron hacer (como veremos después Beatriz Preciado pasó rápidamente al siguiente invitado) una chica le preguntó qué relación mantenían a su entender la prostitución y el porno, a lo que Coralie respondió con un escueto “ninguna”.
El resto de la exposición de Coralie Trinh-Thi no hizo sino contradecir el título del seminario. Filmes pornos al uso, filmes heterosexuales para machos cachondos, pollas y más pollas, y poco más. De pornografía gay, lesbiana, trans o heterosexual femenina… nada. De nuevos modos de presentar, incluso, la pornografía heterosexual masculina… pues tampoco. No sé cómo la propia Beatriz Preciado no se fatigó de tanto miembro viril penetrando coños, ella que le había discutido a Manuel Asensi el carácter repetitivo del porno y que se confiesa lesbiana militante.  
Sin embargo, lo peor estaba por llegar. De la inclusión en el seminario de HPG, actor y director porno francés, no me explico las razones, si no es atendiendo a una nueva vuelta de tuerca en cuanto a estilos formales del porno heterosexual masculino. Conceptualmente, este hombre se cree Pollock. Intervino molestamente una y otra vez en la exposición de Coralie Trinh-Thi, que no se cansó en mandarlo a callar, forzando que Beatriz Preciado postergara el turno de preguntas para sacarse cuanto antes de encima la exposición del actor. Presentó un video diario donde el consabido trato de la mujer como florero fílmico se llevaba a cabo de modo superlativo (imágenes de su polla –sí, otra más- y de su novia en estado de crisis llorosa constante), vídeo que provocó algunas salidas de la sala, y no por su contenido porno, sino por su elevada testosterona y una amargura residual. En teoría las imágenes debían hacer reír, pero solo se las provocó a un tipo muy exagerado (que luego se le acercó a darle una tarjeta). HPG no tuvo suerte con el público. Claro que tampoco la merecía. Durante la proyección gesticuló, enseñó el culo (un calvo en toda regla), se movió de un lado para el otro y extendió los brazos hacia la pantalla, gesto que me recordó al personaje de Ed Harris en El show de Truman. En cierto momento fue a apoyarse a la mesa y ésta cayó, mandando al suelo copas de cristal, micrófonos y casi el ordenador, que se sujetó por la intervención de un alarmado Jorge Rivalta.  Finalmente, quiso tener su ronda de preguntas, pero a Beatriz Preciado se la veía ya saturada de tanto payaso. Se produjo entonces un rifirafe que ella intentó disimular  esbozando risa en colorada cara de póker. Anunció que no habría preguntas. Él le recriminó: “soy tu invitado, tradúceme”. Beatriz Preciado, seguramente obligada por un cierto protocolo, comenzó a traducirle al castellano estupideces del tipo “diles que traduces muy mal, que eres lesbiana, y estás enamorada de mí”. Hubo una estupidez que de tan estúpida tocó paradójicamente una inquietante cuestión: dijo que era curioso que ella que era lesbiana le hubiera convocado allí a él, que era algo así como un supermachoheterosexual. Y aquí no le faltaba cierta razón.
Con casi una hora de retraso comenzó Lydia Lunch. La había visto dos semanas antes en el Festival Flux de vídeo organizado en el Caixaforum. La performista y cantante, mito underground de los ochenta, realiza recitales de poesía, con fondo musical, que hablan de sexo y violencia (voila: se juntaron las dos), de “envidia menstrual” masculina, y de asesinas menstruales desfilando armadas hacia la Casa Blanca.
Su actuación, no obstante, por el contexto en el que se produjo (un museo) y la manera en que se llevó a cabo, con un público bien educado protegido a distancia en su butaca, tuvo un algo de paleontológico.  
En medio del recital se estropeó el micrófono. Lydia Lunch lo notó y dijo: “everything is broken”. Los traductores, que habían tenido problemas de audición a lo largo de todo el seminario, estaban ya hartos. Como Lydia Lunch no se detuvo y siguió recitando impertérrita, el traductor comenzó a decir: por favor, ¿podéis indicarle que no se escucha nada y no podemos traducir?. Dejó entonces de hablar, pero se olvidó desconectar el micrófono y se le escuchó refunfuñar con su compañera. Lydia Lunch terminó su recital y presentó su film (de 1987). Los problemas técnicos continuaron. La conexión del portátil con el proyector fallaba. Lydia Lunch, escondida detrás del auditorio, acabó soltando la siguiente frase lapidaria: “un film de hace veinte años que tardaremos en poder ver veinte minutos”.
El desorden técnico llegó a un simbólico climax con el público coreándole a Beatriz Preciado “doble clic” ante la incapacidad de ella y los técnicos de quitar el menú del dvd, habiendo comenzado ya el film de la Lunch.
Luego vi a la cantante andando sola por Joaquín Costa, de vuelta. Tenía un aire gastado y ausente. Me la imaginé cogiendo un bus nocturno camino de Badalona…
La despedida fue rápida. Supongo que Beatriz Preciado no estaba muy por la labor de alargar más aquel desastre, en el que intervinieron toda serie de pequeñas calamidades, pero del cual lo peor no fue tanto una organización técnica mediocre (como me dijo una amiga, Lucía Egaña, los museos aún no están preparados para los nuevos medios) como la sensación general de haber asistido al anuncio de un potencial de reflexión sobre el porno que luego se demostró completamente desinflado.      
  Si al principio de la tarde Beatriz Preciado había ironizado sobre la idea de la polla erecta como imagen constitutiva de una esencia porno proponiendo la paradoja de un nuevo porno off-porno (un porno bollero, carente de pene), a lo largo de la sesión solo vimos penes erectos. Si Beatriz Preciado se resistía a admitir la idea de repetición sistemática y conservadora en las formas de representación del porno, lo único que vimos en el seminario fue una antología de penetraciones y felaciones en los clásicos planos detalles del porno de toda la vida. Si, para acabar, se trataba de no caer en una hegemonía de la representación de la sexualidad desde la exclusividad de la heterosexualidad masculina, dejando nuevamente en el olvido, ocultas y sin formular, las representaciones pornográficas de otras sexualidades… pues, bien, eso ocurrió.
  Mi impresión es que este mismo seminario, aunque reflexivamente mucho más completo (y complejo) se podría haber llevado a cabo hace cinco años y a manos de la misma Beatriz Preciado. No entiendo como exponiendo las líneas discursivas comentadas de pasada en el párrafo anterior no las reflejara buceando de algún modo en los nuevos medios de reproducción del porno, donde a mi parecer (y no tanto en una afamada nouvelle vague, que al fin y al cabo ofrece una continuidad industrial y perpetúa las consignas formales bajo reformulaciones exclusivamente de estilo) se encuentra no solo un sin fin de representaciones, sino de repeticiones, donde la posibilidad de unos Porn Studies se abren a una pluralidad de estrategias de exhibición, donde el sujeto sexual es de verdad un sujeto pornográfico, siendo a su vez, en el mismo acto (una masturbación frente a la webcam), sujeto y objeto; un lugar, en definitiva, susceptible de una crítica del deseo, de la lógica masturbatoria del porno y de las posibilidades representacionales de los modos tradicionalmente marginados de sexualidad.



PABLO MARTE




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7. sex
4/19/2009 9:24:08 AM

6. . es una cagada hijo de mil puta yo HIP-HOP
11/23/2007 9:40:37 AM

5. D
11/23/2007 9:40:26 AM

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10/27/2007 4:11:46 AM

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9/26/2007 12:58:29 PM

1. hola
9/7/2007 8:52:42 PM